La industria de la construcción contra la arquitectura bioclimática y la eficiencia energética

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La arquitectura bioclimática como especialidad es tan antigua como las ciudades romanas, aunque no tuviera ese rótulo. Pero entre la arquitectura y el mercado de la vivienda hay una mediación: la industria de la construcción, que se gobierna por el criterio de maximizar sus beneficios y jamás ha tenido en cuenta la eficiencia energética sino la repercusión del precio del suelo sobre el metro cuadrado de obra para determinar el precio final de la vivienda y su margen de beneficio. La preocupación bioclimática es minoritaria y en general desarrollada por los pequeños estudios de arquitectos que no están en la escala industrial de la construcción.

La marginalidad de la arquitectura bioclimática en España

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España es el paradigma de ese desinterés por la arquitectura bioclimática bajo el que se disfraza el desprecio de la eficiencia energética en pos de la maximización del beneficio. En un país acostumbrado a que algunas cuestiones de estado se hablen en el palco oficial de un club de fútbol presidido por el emperador de una gran constructora, es poco lo que se puede esperar en este sentido. Hay muchas excepciones, pero están todas al margen de la gran industria de la construcción que ejerce su poderosa influencia para que la eficiencia energética no gravite sobre sus costes y no les arruine el negocio.

Al comisario Frans Timmermans le gusta recodar la existencia de la Bauhaus en la década de 1920 como un movimiento estético y arquitectónico que se proponía poner la arquitectura al servicio del hombre. Olvida que el proceso tuvo que ver con el entroncamiento del diseño con el desarrollo industrial de la cuenca del Rühr, y que tuvo circunstancialmente una sinergia que la segunda guerra mundial se ocupó de destruir. Más recientemente el arquitecto estadounidense William McDonough inició el movimiento Cradle to Cradle.

Pero las experiencias de los estudios siguen chocando con los grandes intereses del sector. Digamos que es la ley de hierro del capital…

En España los gobiernos temen a las constructoras, porque cada ola de auge inmobiliario supone el despegue del empleo. No hay gobierno que se tome en serio la elaboración de planes industriales de largo plazo y una estrategia de desarrollo que incluya la construcción en el sentido de una mayor complejidad de desarrollo teórico y adaptación de nuevas tecnologías y materiales. Pero parece que, a la luz de los análisis de la CE, esto no es privativo de España. El urbanismo es la chimenea por la que escapa un 40% de la generación energética de Europa, de la cual un 80% se basa en combustibles fósiles. Un disparate.

Hasta ahora la Comisión Europea que habla de las fronteras climáticas que no pueden traspasar el 2050 y propone poner en orden el calentamiento global, no ha sido capaz de actuar orgánicamente en el terreno urbanístico. No se trata sólo de reducir las emisiones de los sistemas de calefacción y refrigeración, se trata de aplicar el diseño y la innovación, la tecnología y la arquitectura bioclimática y los nuevos materiales para hacer que los edificios sean más eficientes energéticamente y requieran menos insumo de energía.