Oleoducto Keystone XL: Biden se enfrenta a las presiones de la industria petrolera y Canadá

El presidente electo de EEUU, Joe Biden, es probable que anuncie esta semana la cancelación de las licencias de un oleoducto desde Alberta hasta el Golfo de México para dar refino y salida portuaria al crudo canadiense. Pero la decisión no será fácil, y está sujeta a fuertes presiones…

Desde el pasado domingo 18 la prensa canadiense advirtió que el presidente electo Joseph Biden tiene previsto derogar los permisos para el oleoducto Keystone XL (K-XL) otorgados por el presidente saliente Donald Trump.

La historia de este ducto es larga y conflictiva entre otras cosas porque los grupos defensores del medio ambiente se han opuesto con tenacidad a las licencias para su construcción. Afirman que si se cierra el paso a este oleoducto se forzará al desarrollo de energías alternativas sostenibles en Estados Unidos. En realidad los 1.900 kilómetros de oleoducto son parte de una red más amplia. La discusión se centra en el ramal que llevará petróleo extraído de las arenas bituminosas de Canadá hasta refinerías en Texas y Louisiana, con destino final en las terminales del golfo de México para su exportación. El presidente demócrata Barak Obama vetó el desarrollo del ramal estadounidense del oleoducto en 2015, pero el proyecto fue finalmente aprobado por la Administración Trump en 2017.

El lunes 18 el corresponsal del New York Times en la Casa Blanca, Michael Shear, volvía a pronosticar que la cancelación de las licencias estaría entre las primeras medidas del nuevo presidente. El objetivo sería demostrar el compromiso en la lucha por la defensa del medio ambiente en contra del incremento en el uso de los combustibles fósiles.

Mientras tanto los contactos con el equipo de Biden por parte de Canadá se han multiplicado. Funcionarios del gobierno del primer ministro Justin Trudeau mantenían esta semana contactos de último momento en un intento de salvar el proyecto que tiene un coste de 7.000 millones de dólares para asegurar el flujo de crudo desde Alberta hasta el Golfo de México en un intento de preservar las exportaciones de crudo pesado refinado en Estados Unidos cuyas refinerías y terminales portuarias puede asegurar al gobierno ingresos vía impuestos significativos para su equilibrio presupuestario en medio de una crisis económica global. El propio Trudeau dijo a Biden que Keystone XL era una prioridad en su agenda. Esto ha colocado al presidente, que será proclamado mañana, en una coyuntura compleja.

¿Un gasoducto de petroleo pesado descarbonizado?

El mismo lunes 18 el periódico financiero estadounidense, Wall Street Journal anunciaba en un artículo que la empresa propietaria del Keystone XL, TC Energy Corp. se comprometía a una inversión de 1.700 millones de dólares en energía solar, eólica y baterías destinadas a operar el oleoducto con energía renovable. La operadora también anunció que sólo contrataría personal sindicalizado además de comprometerse a eliminar cualquier tipo de emisión por las operaciones del ducto en el 2030. El medio ha entrado en la batalla discretamente del lado de la empresa haciendo de altavoz de sus compromisos.

Los ejecutivos de Keystone se han propuesto hacer de este caso un ejemplo de como el transporte de un combustible fósil se puede hacer sin emisiones de carbono… aunque al final los barriles acaben quemados por un motor de combustión interna en algún lugar del mundo.

El ejercicio de presiones corporativas y diplomáticas por parte de Canadá, acompañado de las promesas de la operadora a sindicatos y tribus indígenas y su compromiso de descarbonizar el bombeo, van a poner a prueba la determinación de Biden en materia de compromiso con la defensa del clima

El WSJ está claro ha decidido romper una lanza en favor de la industria del petróleo, pero el telón de fondo más allá de los 8.000 millones de dólares y la infraestructura, ya casi terminada, parecen ser las relaciones con Canadá.

Al tanto de esta disyuntiva el operador TC Energy ha ido poniendo piedras para poder pisar en el medio del arroyo. En agosto la empresa cerró un acuerdo con cuatro sindicatos para contratar personal afiliado y en noviembre alcanzó otro acuerdo con cinco tribus indígenas para cederles una participación en el capital del oleoducto, equivalente a 785 millones de dólares, por las tierras que la infraestructura atraviesa. Es decir que Keystone veía venir el riesgo potencial de un triunfo de Biden en las elecciones generales. La embajadora canadiense en Estados Unidos, Kirsten Hillman, ha declarado que tanto el proyecto como la producción de crudo a partir de las arenas bituminosas han cambiado mucho, es decir se han hecho menos contaminantes.

Para hacer frente a las críticas de los defensores del medio ambiente por el transporte de un crudo obtenido por medios altamente contaminantes Keystone ha ofrecido contrarrestar sus emisiones con una inversión para producir 1,6GW de electricidad renovable, una cantidad significativa equiparable al consumo de algunas grandes empresas. El oleoducto es consumidor de energía porque tiene bombas para impeler el flujo de crudo cada 50 kilómetros en un recorrido total de casi 2.000 kilómetros.

¿Hasta dónde llegará el compromiso de Biden con el Green New Deal?

El ejercicio de presiones corporativas y políticas por parte de Canadá, acompañado de las promesas de la operadora van a poner a prueba la determinación de Biden en materia de compromiso con la defensa del clima.

El presidente electo va a anunciar entre sus primeras medidas de gobierno el retorno al Acuerdo de París, pero está por verse si va a poder resistir la acción coordinada del lobby de la industria petrolera y del gobierno del país vecino, además de la presión de los sindicatos que quieren que el trabajo se finalice dando cumplimiento a los contratos con los trabajadores que construyen la infraestructura.

Aunque formalmente la decisión cae dentro de la esfera del Secretario de Estado designado, Antony Blinken y el presidente siempre puede dejar la patata caliente en manos de su escudero, el destino de Keystone XL va a poner a prueba el compromiso del nuevo gobierno con el New Green Deal. En la balanza pesan consideraciones diplomáticas, estratégicas y económicas, pero también el enorme simbolismo que el proyecto ha cobrado al convertirse durante años en el principal foco de resistencia medioambientalista a la administración Trump. A día de hoy el presidente electo elige entre mandar una señal de ruptura contundente con el negacionismo climático o establecer un terreno de colaboración con la industria y Canadá a costa de defraudar a sus propias bases partidarias. Haga lo que haga se entenderá como un gesto definitorio de la presidencia que arranca. La incógnita la va a despejar el propio Biden.