Ni el gobierno ni las grandes empresas esperaban ninguna sorpresa del viaje del Presidente de Corea a España. Y sin embargo, tras esta visita las industrias renovables españolas ven abiertas las puertas de Asia y la fábrica de Gigabaterías, imprescindible para el desarrollo de la automoción eléctrica que ya muchos daban por perdida, pasa a estar mucho más cerca. Es el mayor éxito hasta la fecha de la diplomacia verde española y sin embargo, el mérito no ha sido de políticos ni representantes patronales, sino fundamentalmente de un bibliotecario erudito ajeno a las angustias de la industria.

El consejero delegado de Glencore, Ivan Glasemberg, se ha unido a Elon Musk en el coro de augures del desabastecimiento de materias primas para la producción de baterías. Afirmó en la cumbre del futuro del automóvil convocada por el Financial Times esta semana que la industria automotriz vivía en la ingenuidad si pensaba que China sería el eterno suministrador de baterías para los vehículos eléctricos que se construyen en el mundo.

Esta semana se aireó un acuerdo de última hora entre dos fabricantes de baterías para coches eléctricos cuyo conflicto amenazó una inversión de 2.600 millones de dólares en el estado de Georgia, y la paralización de la fabricación de coches eléctricos por parte de General Motors y Volkswagen en el mercado estadounidense.

La industria ha contraído fuertes compromisos con el paso al coche eléctrico y los inversores exigen hechos. Ha empezado una doble carrera: entre los fabricantes de coche eléctrico que buscan tecnologías punteras para diferenciar sus baterías; y entre los aspirantes a sedes fabriles que necesitan atraer inversiones para contar con gigafrábricas de baterías. El fabricante que no tenga una batería puntera perderá mercado; el país o la región que no tenga una gigafábrica de baterías saldrá del mapa fabril del coche eléctrico.

Maersk con el biometanol, Konsberg con las baterías, Corvus y Toyota con los motores de Hidrógeno, Renault con la vela… el transporte marítimo cero emisiones no tiene una senda tecnológica evidente. Lo que si resulta claro es que, como apunta la Organización Marítima Internacional, es que la transición es urgente: los buques mercantes representan un un 2,5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, muy cerca de las emisiones conjuntas de Italia, Francia y España.