Total rompe con API desvelando choques entre las industrias petroleras

La petrolera francesa Total, una de las grandes del sector, anunció su ruptura con el Instituto Americano del Petróleo (API por sus siglas en inglés). La empresa tiene operaciones significativas en Estados Unidos, entre ellas de refino en Texas y up stream en el Golfo de México y dominios en el sector del petróleo y gas no convencionales. La empresa atribuyó su decisión a una revisión de las posiciones de API respecto de la política frente al cambio climático a la que adhiere la petrolera francesa.

Los seis puntos enunciados por Total son: su posición basada en la ciencia de que el vínculo entre la actividad humana y el cambio climático es un hecho establecido; su apoyo al Acuerdo de París; su convicción en que se debe implementar un precio a las emisiones de carbono; su confianza en el papel clave que desempeña el gas como combustible en la transición energética y finalmente su adhesión a la necesidad de la captura de CO2 y su almacenamiento.

La petrolera desarrolló sus posiciones en un documento denominado Net Zero en septiembre pasado. Un portavoz de Total señaló que en las revisiones de la participación en asociaciones de la empresa en 2019 y 2020 se consideró a API parcialmente alineada con sus principios, al igual que Repsol que también es miembro de API. Total señala que ciertas divergencias que fueron discutidas con la asociación se mantienen en la actualidad, como la eliminación de la regulación en contra de las emisiones de metano a las que el grupo se opuso en 2019; en materia de transporte API se opone a los subsidios al coche eléctrico; respecto del principio de poner precio a las emisiones de carbono API mantiene posiciones divergentes con Total. Pero hay otras cuestiones de fondo que Total especifica, como el apoyo de API a políticos que en las últimas elecciones estadounidenses argumentaron en contra de la participación de Estados Unidos en el Acuerdo de París.

Divergencias estratégicas entre las petroleras europeas y las estadounidenses

La ruptura de la petrolera francesa con API, que es además un centro de normas para la industria petrolera, expresa las divergencias entre las petroleras europeas y las estadounidenses en materia de medio ambiente y cambio climático. Lo llamativo de esta retirada, es que se hace en vísperas de la toma de posesión del presidente electo George Biden quien por su parte expresó durante la campaña electoral su intención de volver a entrar en el Acuerdo de París tras la salida protagonizada por Donald Trump.

Este último tuvo una relación de proximidad con API, a cuyas recomendaciones era sumamente permeable. La semana pasada API realizó una conferencia en la que el grupo delimitó sus puntos de divergencia con las propuestas de la futura administración de Biden, entre ellas el proyecto de impedir nuevas prospecciones en tierras federales. Es decir que la petrolera francesa ha decidido tomar distancia de la estrategia de las grandes petroleras estadounidenses y el grupo de empresas dedicadas al fracking.

La petrolera francesa ha decidido tomar distancia de la estrategia de las grandes petroleras estadounidenses y el grupo de empresas dedicadas al fracking.

Además de solicitar la eliminación de las limitaciones a las emisiones de metano, impuestas bajo los gobiernos de Barack Obama, API hizo una política activa para lograr que se eliminaran las restricciones para la explotación de las zonas salvajes protegidas de Alaska. La británica BP, que protagonizó una catástrofe medio ambiental en el Golfo de México, permanece en API y defiende su presencia con el argumento que eso le permite moderar las posiciones de la asociación y hacerlas más favorables al medio ambiente. BP sufrió fuertes pérdidas con la explosión de la plataforma Deep Water Horizon en 2010 propiedad de la empresa de perforaciones Transocean en leasing por BP. Tanto esta última como Royal Dutch Shell sufren la presión de accionistas institucionales que quieren su retirada de asociaciones que no sean respetuosas del Acuerdo de París.

Mientras tanto fuentes del sector de las asociaciones defensoras del medio ambiente señalan que el Acuerdo de París no es la panacea respecto del incremento de la temperatura de la atmósfera y la superficie terrestre. En cierto sentido es un retroceso respecto del Acuerdo de Kyoto en la medida que éste era vinculante, cosa que no es el de París, en el cual la participación es voluntaria; una concesión a algunas naciones como China y algunas emergentes que de lo contrario podrían no haberse sumado.

Las petroleras europeas por otra parte están acelerando su mudanza de la extracción de combustibles fósiles a combustibles que califican de transición como el gas y a la producción de hidrógeno verde, y hacia formas de generación de energía limpia como la eólica o la biomasa. Días atrás, Total anunció una inversión conjunta con la coreana 174 Power Global, filial de Hanwha Group, para la instalación en Estados Unidos de huertos solares y baterías para el almacenamiento de energía que forman parte de su esfuerzo por dar una perspectiva global a su negocio de renovables. Los analistas de fondos de inversión creen que la decisión de Total va a forzar a otras europeas del sector a tomar decisiones sobre su pertenencia a API. Apuntan en particular a Equinor, Shell y BP. Habría que preguntarse por qué no Repsol

Un conflicto de perspectivas

Es difícil reconocer a Total en las críticas que API reserva habitualmente para los partidarios del Green New Deal propuesto por el Partido Demócrata de EE.UU. Desde su origen la compañía -entonces Compagnie Française des Pétroles– está estrechamente vinculada al desarrollo de la explotación de los hidrocarburos. Desde 1920, tras el Acuerdo de San Remo, participó en la Turkish Petroleum Company al adjudicarse como botín de guerra la participación del 25% en la petrolera que era propiedad del Deutsche Bank. El desmembramiento del imperio otomano tras la primera guerra mundial dio paso a los intereses petroleros franceses en el Oriente Próximo convirtiendo a la compañía en un agente global.

No es ninguna reticencia al desarrollo del negocio de hidrocarburos per se lo que impulsa las decisiones que las petroleras europeas están adoptando de forma creciente. La realidad es que la masa de recursos que la Unión Europea (UE) ha determinado que se utilicen para asistir a la recuperación económica de las naciones miembro, bascula sobre el desarrollo de la movilidad sostenible y las energías renovables además de la digitalización. Y nadie cree ya que sea un movimiento temporal ni anecdótico. El ministro alemán de Economía, Peter Altmaier, declaraba esta misma semana que se alcanzará la neutralidad de carbono en la generación eléctrica alrededor de 2040. Los planes europeos tienen por objetivo que el parque automotor agregue 30 millones de coches eléctricos en los próximos diez años. Y, más allá del continente, China, históricamente reticente al cambio de matriz energética, se ha dado por objetivo alcanzar la neutralidad de carbono en 2060.

Las petroleras europeas están adaptando sus estrategias y perspectivas ante una reconversión de dimensiones mundiales, aprovechando los incentivos y ayudas a las inversiones diseñados por Bruselas. Las petroleras estadounidenses se resisten a dar por cerrada una etapa en la que realizaron grandes inversiones apostando por un horizonte alternativo que la administración Biden va a cuestionar desde el primer día. El conflicto de estrategias entre compañías, adelanta así las diferencias entre la industria estadounidense y su gobierno.